vuelves a casa,
nada está como
antes de irte,
y todo está en su
sitio.
Te dejas caer en el
sofá,
con el único
quehacer
que mirar el techo
de escayola,
y te parece uno de
los mayores placeres que recuerdas.
Estar y ser , porque
sí,
no hay nada más que
importe.
Te sientes, te
notas, te miras, te sonríes...eres tú,
te reconoces
y por fin...
suspiras.
Volver a casa,
recorrer sus
habitaciones,
escuchar su
silencio...
reconforta comprobar
que lo importante sigue estando,
y que sobra espacio
para ocupar con cosas nuevas...
Te sorprendes
mirando a tu alrededor
como si fuera la
primera vez que ves algo,
sin embargo, de
sobras sabes, que ese algo ha formado parte de ti siempre,
y te sientes
profundamente afortunado por poder seguir mirando...
Volver a casa
después de una
jornada agotadora,
es el mejor regalo
que te puede hacer
la vida.

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